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La confianza en los negocios es como el amor. Existe hasta que se vuelve contra ti.

Hay muchas profesiones cuyos servicios se basan en el día a día en la confianza. Una de ellas es la telefonía, sobretodo la telefonía móvil. Sin embargo esa confianza que al principio lo es todo para la relación profesional-cliente, finalmente puede terminar convirtiéndose en una arma arrojadiza contra el propio profesional.
Eso es precisamente lo que ha pasado en uno de los asuntos que llevamos en el despacho. Una persona, que tiene una relación más allá de lo profesional con un gestor de telefonía acude con su pareja al dicho gestor para que le consiga lo que a día de hoy es deseo y objetivo de cualquier usuario de telefonía: conseguir gratuitamente un terminal de telefonía de alta gama, si puede ser, como no, un iphone 5 o un Samsung Galaxy S4, y además que tenga una tarifa lo más barata posible.
Por nuestra experiencia personal, sabemos que no es fácil conseguir semejante encargo de manera gratuita y sin obligaciones para los clientes. Así, hoy día se hace casi imposible obtener un móvil de ese tipo si no es financiándolo con el pago de una cantidad mensual o en algunos casos contratando una tarifa de teléfono alta y con permanencias largas y costosas.
Con todo ello, los gestores de telefonía, los verdaderos conocedores de cómo funciona este mundillo, saben de opciones un poco más artificiosas, por supuesto viables y legales, que te pueden llevar a conseguir el objetivo y que día a día son planteadas a la gente, incluso por las propias operadoras. Opciones como portabilidades de una operadora a otra, la contratación de paquetes de líneas de telefónos, etc.
En este caso el gestor de telefonía le informó ampliamente de estas soluciones al cliente y este las entendió y aceptó plenamente, dando autorización al gestor de telefonía para llevar a cabo las mismas. Autorización, pero ¿qué tipo de autorización?. Pues evidentemente la que se da habitualmente en profesiones como estas, verbalmente, por teléfono, a través de un familiar. Esto sucede día a día en la telefonía. También en otras profesiones como por ejemplo los seguros. Incluso en mi profesión se plantean muchas situaciones diarias que son marcadas por la confianza mutua que se da por teléfono o por mensaje o WhatsApp.
Sin embargo, dichas situaciones si no quedan constatadas de alguna manera, un correo, un mensaje, una grabación, al final pueden ser caldo de cultivo para los que de manera malintencionada se quieren aprovechar de ellas o terminan descontentos con el servicio recibido. Y esto es lo que ha sucedido en este caso.
El gestor de operaciones informó al cliente de las múltiples posibilidades para acceder a sus deseos. El propio cliente escuchó y acepto una de esas posibilidades, y dio tácitamente plenos poderes al profesional para que gestionase con las operadoras la opción que ha elegido. Fruto del trabajo del gestor el cliente obtuvo lo que deseaba. Es más, satisfecho con este primer encargo volvió a contactar con el gestor y le encargó otro asunto, asunto en el que, evidentemente, dada la relación que les unía se autorizó nuevamente de manera verbal. Y así sucesivamente con otros encargos. Hasta que un buen día la cliente no está del todo conforme con la forma en que se llevó un encargo y entonces abre la caja de los truenos:
               – A mí no se me ha explicado nada de lo que me iban a hacer.
               – Yo no he autorizado a nadie para hacer nada.
             – Hasta llegó a decir que prácticamente no conocen al gestor de telefonía, gestor con el que le une una relación que puede rozar la de amistad.
Algunos van mucho más allá, se hacen la víctima en ese momento y tienen la valentía de denunciarlo para dar pie a un procedimiento penal. Valentía que en este país no es tanta ya que en este caso es gratuita (basta ir a la Comisaría más cercana y esperar un poco) ya que no se paga ninguna tasa y, además, luego se hace difícil una condena por denuncia falsa o una condena a la presunta “víctima” de los daños y perjuicios que esta causando al humilde profesional al que su único delito ha sido el tratar de conseguir la satisfacción del cliente cumpliendo el encargo que se le encomendó.
Y no sólo le ocasiona a este profesional, faltándose a la verdad por supuesto, un descredito de cara a la sociedad de manera gratuita, sino que además le obliga a contratar un abogado para que demuestre lo es evidente en un caso como este: que este señor sólo hizo su trabajo, por el que cobro la fortuna de 50 euros, y que su mayor objetivo y obsesión no era defraudar al cliente sino conseguirle limpiamente lo que quería. En definitiva, lo que es una verdad a gritos en cualquier parte del mundo. En cualquier lugar menos en un Juzgado. Porque en este país, y sobre todo con el ciudadano de acalle, como podías ser tú o un servidor, rige más el principio de culpabilidad que el principio legal de presunción de inocencia. Mas que deber probarse tu culpabilidad, tienes que ingeniártelas para probar tu inocencia, siendo a veces muy difícil. Lástima que con otros estamentos organismos o personalidades” sea curiosamente al revés. En fin, deseemos que esto cambie algún día.
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